¿Sería Ramón Berenguer III el primer templario español?

mar 1st, 2016 | By | Category: Orden del Temple, Portada

Así se afirma en el artículo de Manuel P. Villatoro, publicado por ABC Historia, que recoge las declaraciones de María Lara Martínez, escritora, profesora de la UDIMA, Primer Premio Nacional de Fin de Carrera en Historia, autora de “Enclaves templarios”. Pocos días antes de morir, Ramón Berenguer III pidió el ingreso en la orden del Temple. Además, les dejó a sus miembros un castillo, su armadura y su caballo, convirtiéndose este soberano catalán, pariente del Cid, en el primer templario español.

Monasterio de Santa María de Ripoll, donde se encuentra el sepulcro de Ramón Berenguer III.

Monasterio de Santa María de Ripoll, donde se encuentra el sepulcro de Ramón Berenguer III.

VoxTempli – 010316.- Según publica Manuel P. Villatoro en ABC-Historia, no fue necesario esperar mucho más para empezar a hablar de la relación de la Orden del Temple con los reinos cristianos [hispanos]. Más concretamente, y según explica el divulgador histórico Rafael Alarcón Herrera en su obra “La huella de los templarios: tradiciones populares del Temple en España”, fue también entre los años 1127 y 1128 cuando los Pobres caballeros de Cristo llegaron hasta Aragón e hicieron muy buenas migas con Ramón Berenguer III, casado por entonces con una mujer de alta alcurnia: María, una de las hijas del famoso Cid Campeador.

En palabras de la escritora alcarreña María Lara, este catalán colaboró con ellos desde su entrada en la Península, algo que se materializó a base de donaciones. Alarcón es de la misma opinión: “Ramón Berenguer recibió la visita de los fundadores en 1127, cuando vinieron a Europa para promocionarse y reclutar nuevos miembros. Ramón Berenguer sentía auténtico entusiasmo por esta milicia”. En aquellos años este noble actuó como tantos otros que, al no poder limpiar sus pecados en Tierra Santa, colaboraron con los soldados del blasón blanco y la cruz roja para ganarse su pequeña parcela en el cielo.

El conde de Barcelona terminó dando el impulso definitivo al Temple en 1130. Por aquel entonces vivía sus últimos días en este mundo y, deseoso de entrar en el cielo por la puerta grande, decidió hacer algo que resultaría pionero: ingresar en los templarios. Su objetivo era doble. En primer lugar creía (como se había extendido en aquellos años) que Dios le reconocería como un monje guerrero y olvidaría sus pecados cometidos en vida para acogerle con los brazos abiertos. A su vez, buscaba que este grupo se asentara en la Península y colaborase en la expulsión de los musulmanes a través de sus propiedades.

Así fue como se convirtió en el primer templario español. Posteriormente, en su testamento -dictado el 8 de julio de 1131- Ramón Berenguer hizo de nuevo algo nunca antes visto en España. “Les donó el castillo de Grañena de Cervera, ubicado en la provincia de Lérida, y su caballo y su armadura personal. Esto es sinónimo de una gran implicación con los monjes de la orden, de quienes dijo que han venido y se han mantenido con la fuerza de las armas en Grañena para la defensa de los cristianos”, determina Lara a ABC. Los autores de “Templarios” creen lo mismo: «Este no era en absoluto un gesto anecdótico. El señor más importante del oriente peninsular cristiano otorgaba nada menos que sus atributos de caballero a la orden que había sido fundada hacía poco en Jerusalén y que solo dos años y medio antes había logrado su aprobación oficial por la Iglesia”.

De esta forma -gracias a la cesión de las fortalezas de Portugal y Cataluña en primera línea de batalla- los templarios terminaron implicándose de lleno en la Reconquista y, cómo no, ganándose un hueco entre los literatos de estas tierras (por ejemplo, Bécquer y su “Monte de las ánimas”). A mediados de julio de ese mismo año, Ramón Berenguer III, uno de los españoles que más defendió e hizo prosperar a la orden de los Pobres caballeros de Cristo en nuestro país, dejó este mundo en una hacienda del Temple. “Para prepararse a morir había tomado el buen Conde el hábito de los templarios, profesando en manos de su jefe Hugo Rigaldi, y muriendo en su mismo hospital, a donde se hizo llevar”, explican los historiadores del S. XIX Johannes Baptist Alzog y Vicente de la Fuente en su obra “Historia eclesiástica o adiciones a la Historia general de la Iglesia, Volumen 2”. Así fue como uno de los hombres más poderosos de la Península Ibérica falleció: lejos de sus lujos, de sus bienes materiales y como un miembro más de este grupo. Ya lo decía uno de los lemas de la Orden: “Non nobis Domine non nobis sed Nomini Tuo da gloriam” (No a nosotros oh señor, no a nosotros sino a tu nombre da gloria). Una frase que venía a significar que ellos luchaban por Cristo y por Dios y que despreciaban el dinero y los bienes materiales.

El mismo año en que Ramón Berenguer se marchó de este mundo, Alfonso I “el Batallador” siguió su ejemplo y dictó un testamento en Bayona que favorecía ampliamente a los templarios. “A Alfonso I -rey de Aragón y Navarra, conquistador de Zaragoza y artífice de la expedición a Andalucía- se le ha llamado el rey de los templarios porque cedió todo lo que tenía en vida a tres órdenes: la de los Pobres caballeros de Cristo, la del Sepulcro del Señor y la del Hospital. Realmente él quería hacer testamento en favor de Dios, pero al ser un concepto tan ambiguo decidió dejar sus bienes a los representantes de este en la Tierra. Como era de esperar, esto causó un gran revuelo entre los nobles del reino, que se habían preparado para recibir una suculenta suma de dinero debido a que “el Batallador” no tenía hijos”, completa María Lara. En palabras de la experta española, Alfonso I fue un claro ejemplo de un monarca que quería ser monje y que hubiera deseado entrar en los templarios, pero que tuvo que morir sin tomar los hábitos debido a que su posición le exigía tener una esposa y tratar de tener una descendencia.

Comparte este artículo:

Los comentarios están cerrados.