El último vestigio de los templarios en Barcelona.

jun 13th, 2017 | By | Category: Noticias Templarias, Portada

Los míticos caballeros templarios también fueron poderosos en Barcelona, donde en 1134 establecieron uno de sus cuarteles generales en el Mediterráneo. La encomienda barcelonesa de los monjes guerreros se instaló en 1134, pocos años después de su creación. De su paso por la capital catalana queda un último vestigio, la que fue capilla de la encomienda, en la calle Ataülf. Hoy es la parroquia de Santa Maria de Palau, gestionada por los jesuitas.

Fachada de la Capilla de Santa María de Palau.

Fachada de la Capilla de Santa María de Palau.

Los míticos caballeros templarios también fueron poderosos en Barcelona, donde en 1134 establecieron uno de sus cuarteles generales del Mediterráneo. La encomienda barcelonesa de los monjes guerreros se instaló ese año, poco después de su creación en 1129 por Hugues de Payns en el Concilio de Troyes, y de su paso por la capital catalana queda actualmente un último vestigio de lo que fue capilla de la encomienda, en la calle Ataülf, hoy parroquia de Santa Maria de Palau, gestionada por los jesuitas. Se trataba de una amplia finca recibida en donación por Jaime I el Conquistador, conocida como las casas de Gallifa, que incluía un muro y torres de la antigua muralla romana, cerca de lo que había sido el castillo Regomir, y una misteriosa puerta, hoy en calle Timó, que les permitía acceder a la encomienda templaria y sus instalaciones, donde se dedicaban a la banca, el comercio, la industria y la especulación parcelaria. El conjunto debió tener en su origen un perímetro aproximado de 450 metros, de los cuales unos 200 pertenecían al tramo de muralla al que se adosaron los primeros edificios, y constaba de un patio central con acceso directo a la capilla, edificios anexos a la misma y otros que fueron construyéndose aprovechando el contexto de la muralla romana.

Ya en 1150 se cita que la Orden del Temple posee “la casa de Barcelona” en la que reside el Gran Maestre de España y de Provenza Pere de Rovera, y algunos autores apuntan a que este primer emplazamiento estuvo en lo que actualmente es la Casa de l’Ardiaca, donde construyeron una casa fortaleza adosada a la muralla al final de la actual calle del Bisbe, hoy Instituto Municipal de Historia. Pasados los primeros años ya no era precisa aquella fortaleza para proteger el acceso al recinto amurallado de la ciudad dado que el peligro musulmán había pasado. Asimismo, la proximidad de la sede del Obispado, con el que tuvieron algunos roces dada la autonomía templaria confirmada por la bula papal Militia Dei, les hizo trasladarse al otro extremo del recinto amurallado cercano al castillo del Regomir, lugar que hoy en día se conoce como los últimos vestigios templarios de Barcelona. Esta nueva ubicación la posibilitó, según algunas fuentes, la donación de Bernat Ramón de Massanet y su hijo Berenguer (23 de abril de 1134) al otorgar “la mitad de las casas, con la muralla y las torres, con un patio y un pozo, situadas al lado meridional de la ciudad, en las llamadas Casas de Gallifa y cerca del castillo de Regomir”, que muchos aseguran fue una donación del propio Jaime I el Conquistador, y a las que se sumaron otras dependencias cercanas al primer enclave, así como en la montaña de Montjuic y Sant Boi de Llobregat. Basándonos en descripciones documentales y algunas pinturas y grabados de mediados del siglo XIX obtenemos una visión no muy coherente de lo que alguna vez fue esta encomienda. Se observan edificios demolidos y otros que, tras haber pasado por diversos propietarios, modificaron estructuras y dependencias, hasta que llegado el año 1859 la piqueta acabara con todo resto arquitectónico, definitivamente destruido en 1866, y diese paso a la remodelación del barrio.

Capilla de Santa Maria de Palau. Sin embargo, quedaron algunos vestigios de indiscutible estética templaria: la puerta de la calle Timó, y la vieja capilla de la encomienda, la Capilla de Santa Maria de Palau, edificada entre 1246 y 1248 por el Comendador Pere Gil, al serle concedido por el obispo y el capítulo de Barcelona el permiso para edificar una capilla y el cementerio, actualmente atendida por los jesuitas y conocida también como “Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria” (con entrada por la calle Ataülf número 4), a escasos metros de la calle Templers a su vez colindante con la calle Palau, nombres que nos dan el valor referencial de la existencia y la delimitación de lo que fue la encomienda. En estos restos, se puede apreciar la huella inconfundible y rasgos típicos de la arquitectura, la estética y la simbología templaria. En su interior, todavía se pueden observar los restos de algunas decoraciones originales, como unos estantes justo a la puerta de entrada que se adentran en las propias piedras del muro. La iglesia consta de una sola nave y cabecera plana, orientada al sudoeste, inusual en la normativa medieval, que era de orientación levantina, y la cruzan cinco arcos ligeramente apuntados dividiéndola en seis sectores. Actualmente el ábside es semi-hexagonal, pero originalmente era plano, con techo a dos aguas y soportado por vigas de maderamen. Es curioso constatar cómo en este convento urbano, quizás uno de los más importantes del Principado, se optó por este tipo de construcción plana, de una sola nave, arcos diafragmados (que se observan en muchas capillas templarias) y cubierta de madera.

Esto implica que se optó por formas autóctonas, contrastando con otras importantes iglesias de la Orden como las de París o Londres en las que sus plantas son radiales. Una carta de 1250, referente a un establecimiento de la Orden, firmada entre otros por “fratris Guillelmi capellanus domus templi de Barchinona”, hace suponer que siempre fue atendida por un sacerdote de la Orden, si bien diversas circunstancias apuntan que su función no fue meramente de uso privado sino inmersa en un contexto parroquial relevante. Frecuentemente la Orden, y previo acuerdo obispal, efectuaba obras pastorales, en especial en zonas de Barcelona cuya población aumentaba rápidamente. Se creaban nuevos barrios extramuros y conventos en zonas limítrofes al casco urbano. Prueba de ello es el documento autorizando la construcción de la capilla y cementerio donde se inscribe este aspecto parroquial, indicando qué ciudadanos tendrían derecho de sepultura y cómo se repartirían los bienes del finado entre la Orden y el Obispado. Según la leyenda, cuando el Papa firmó la orden de disolución, los campanarios de las iglesias de todos los templarios se agrietaron, con excepción de la Capilla del Palau. Quizás tenga algo que ver con la inscripción que hay en la puerta de la Capilla: “Domus Dei et Porta Coeli”, que significa “Casa de Dios y Puerta del Cielo”, un lugar místico donde los templarios recibían la iluminación de Dios.

Las actividades de la Orden. Como hemos mencionado más arriba, las actividades de la Orden en Barcelona se centraron principalmente en la banca, el comercio, la industria y la especulación parcelaria. Poseían diversos molinos en las cercanías de la ciudad tanto de grano (Llobregat y Sant Boi) como para usos industriales (“molins drapers” en Sant Pere de les Puel.les), pero una de las más relevantes prebendas de las que gozaba el Temple era el lucro de concesión real sobre la acuñación de moneda, de la que se sabe que entre febrero de 1208 y noviembre de 1211 ascendió a más de ocho mil sueldos, cantidad nada despreciable. Además, a finales del siglo XII y principios del XIII comenzaron a poblarse distintos puntos en las afueras de la ciudad a los que se llegaba por caminos que partían de las puertas de la muralla. Encontrándose la encomienda adosada a ésta, fue la ocasión para, mediante compras y permutas, hacerse con terrenos en esa zona y especular, al igual que lo hicieron familias económicamente poderosas como los Montcada. Se urbanizó el sector comprendido entre las actuales calles de Avinyó y Ramblas, correspondiente a las calles D’en Carabassa, D’en Serra, Dels Còdols y colindantes. El puerto fue de especial interés en las actividades económicas de la Orden, si bien está escasamente documentada en cuanto a negocios navieros. Existe constancia, sin embargo, del provecho que obtuvo la orden y de sus buenas relaciones con navegantes de la época, en especial con aquellos que seguían las rutas de oriente.

A. J. Forey en “The Templars in the Corona de Aragón” apunta la existencia de un documento datado en 1282, con estipulaciones y convenio entre un armador y el Comendador del Temple para el transporte, presumiblemente a Tierra Santa, de cinco frailes y de 45 a 50 caballos y mulas. Sobre ese año, el Comendador de Palau-solità se trasladaba a Barcelona para fijar su residencia. La Corte de Barcelona era centro de poder en aquel momento y el interés de la Orden por estar próxima a ella era evidente, quedando la encomienda del Vallés como lo que siempre había sido y continuó siendo, un asentamiento eminentemente agrícola, sin perder por ello la titularidad y ser oficialmente la encomienda de Barcelona, una prolongación de la de Palau-solità. Estuvieron ambas propiedades administradas por el mismo preceptor con el título de “Comendador de Barcelona”, si bien en muchos documentos se indica también como “Comendador de Palau-solità o Salatà”. Ejemplo de ello se encuentra cuando Pere Gil firma dos documentos en el mismo acto, con fecha 8 de junio de 1225, uno como “Comanador de Barcelona” y en el otro como “Comanador de Palau del Vallès”. Otro ejemplo lo encontramos en la escritura rubricada por B. de Burg, en 1262, ofreciéndose en cuerpo y alma al Temple de Barcelona poniéndose en manos de fray Pere Penyoret, comendador de Palau-solità (pergamino 1.691 – Jaume I, Archivo de la Corona de Aragón, en Barcelona).

Jaime I el Conquistador y la Puerta de  calle Timó. Fueron muy numerosas las prebendas reales que recibieron los templarios, desde diezmos hasta rentas anuales. Los acuerdos con propietarios de hornos y puestos de mercado, para vender los productos provenientes de sus explotaciones agrícolas y sus excelentes relaciones con banqueros judíos del vecino barrio del Call, ha llevado a algunos estudiosos a determinar que entre ambos colectivos constituyeron los motores económicos de la época. ¿Pero cómo, por qué poseían los templarios el favor real? La historia se inicia en la batalla de Muret, ofensiva acontecida el 12 de setiembre de 1213 con motivo de la cruzada albigense, cuando la tropas de Felipe II de Francia lideradas por Simón de Montfort hirieron de muerte a Pedro II el Grande, padre del que sería Conde-Rey de la Corona de Aragón, Jaime I el Conquistador, y uno de los personajes más exitosos de la historia de este imperio. Ante la muerte de Pedro II, Jaime sería educado hasta la edad de nueve años por los templarios en el Castillo de Mozón (Huesca) con lo que recibió cierta influencia y ascendencia por parte de ellos a lo largo de toda su vida, llegando incluso a ser ayudado por la orden en algunas de las batallas y contiendas más importantes que se realizaron con motivo de las conquistas de Valencia, Mallorca y Murcia. Por todo ello, a título de agradecimiento y por sentir especial devoción hacia ellos, el Conde-Rey donó posesiones y territorios a la orden templaria y en Barcelona autorizó la apertura de una puerta que les permitiera cruzar la muralla de la ciudad, sin control alguno, a fin de que pudieran acceder a la encomienda templaria y a sus instalaciones.

Disolución de la Orden de los Templarios. En el año 1291 la Orden de los Templarios perdía Tierra Santa y en 1307 eran detenidos en Francia, y De Molay, el último Maestre, era juzgado y muerto en la hoguera siete años más tarde (1314) junto a otros caballeros. Al desaparecer la Orden, luego de la muerte de sus dirigentes (su disolución oficial se produjo a través de la Bula del Papa Clemente V -Vox Clamantis-) sus propiedades en Barcelona, pasarían a formar parte del Palau Reial Menor a manos de los caballeros hospitalarios (Caballeros del Hospital de San Juan de Jerusalén, hoy Orden de Malta) temporalmente ya que en 1328 cedió sus derechos al obispado de Vic, y fue adquirido en 1367 por Pere el Ceremoniós, que lo destinó a residencia de la reina Leonor de Sicilia, quien empezó la construcción de su propio palacio en terrenos de la antigua encomienda barcelonesa, forzando al obispado de Vic a ceder también la iglesia (1370), que pasó a ser la capilla del Palau Menor o Palau de la Reina. De ahí que en el siglo XIV hubiera dos palacios reales en Barcelona, el “oficial” y este otro, auténtica residencia del monarca y su familia, tan espléndido que llegó inclusive a tener zoológico propio. Como curiosidad diremos que la actual calle Ataülf era anteriormente conocida como “Devallada dels lleons”, es decir “Bajada de los Leones”, animales con los que también contó el mismo. Así se conservó durante siglos lo que había pertenecido a la Orden Templaria hasta que, tal y como hemos comentado, a finales del siglo XIX, la demolición total del barrio arrasó estos últimos vestigios. Fue durante este periodo de nueva urbanización de la zona, cuando más profundamente se remodeló la capilla, tapiando la puerta principal sita en el lado del evangelio, y que daba al patio de la encomienda. Las ménsulas y la arquivolta románica se reutilizaron en la apertura de la actual puerta, casi el único testigo de la época. Se abrieron, en el muro de levante, dos de los tres ventanales que hoy se distinguen, encontrándose el original en el punto más cercano a la actual puerta. La remodelación del ábside cegó las puertas que llevaban a la sacristía convirtiéndola en la estructura semi-hexagonal que hoy se aprecia.

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