El Temple, entre la milicia y la religión.

nov 24th, 2017 | By | Category: Otras Noticias, Portada

Nacida en el contexto de la guerra permanente de Occidente contra el dominio musulmán en Tierra Santa, la Orden del Temple, formada por caballeros religiosos, se vio pronto catapultada por el favor de los poderes civiles y eclesiásticos. Y así seguiría siendo durante casi doscientos años.

El modelo del verdadero caballero es el propio Cristo, y a Él dedica y entrega su vida, sin miedo a la persecución y el sufrimiento, estando dispuesto a recibir todo el odio de los infiernos y el mundo contra su pecho, pues ahí lucha por el su Señor.

El modelo del verdadero caballero es el propio Cristo, y a Él dedica y entrega su vida, sin miedo a la persecución y el sufrimiento, estando dispuesto a recibir todo el odio de los infiernos y el mundo contra su pecho, pues ahí lucha por el su Señor.

Julián Elliot -241117.- El 4 de julio de 1187 las tropas del sultán Saladino derrotaron al ejército franco en la mayor victoria obtenida por los musulmanes desde que los cristianos emprendieron las cruzadas, casi cien años antes. La batalla tuvo lugar en un punto de Tierra Santa conocido como los Cuernos de Hattin. Gracias a este combate, el caudillo ayubí reconquistó Jerusalén para el islam, redujo a una franja mínima los territorios ocupados por los Estados Latinos de Oriente, destruyó casi por completo las fuerzas armadas europeas acantonadas allí y capturó a los principales jerarcas de estas fuerzas, incluido Guy de Lusignan, el monarca de Jerusalén. Fue un éxito redondo para la media luna.

Semejante triunfo permitía ser ampliamente generoso con los vencidos. Saladino podría haber ejemplificado la clemencia habitual en él, una virtud que le reconocían tanto los suyos como sus enemigos. Sin embargo, el Soberano mandó ejecutar de inmediato a todos los prisioneros templarios y hospitalarios. Había dado su palabra de que limpiaría “la tierra de esas dos órdenes impuras”. Solo del Temple fueron ajusticiados, uno por uno, 230 guerreros de elite. ¿Por qué tanta saña en este caso?

Fantasía y realidad

Las órdenes militares representaban el núcleo duro de la presencia cristiana en Oriente. Mientras los efectivos al mando de príncipes luchaban en las cruzadas por compromiso, por prestigio, por la paga y en algunos casos por la fe, los caballeros del Hospital y del Temple se batían exclusivamente por esta última, o eso se esperaba de ellos. Como rezaba la divisa templaria: “Nada para nosotros, Señor, nada sino dar gloria a Tu nombre”.

Estas altas aspiraciones implicaban un desinterés por la propia vida. Los templarios eran considerados por sus contemporáneos con una mezcla de admiración, respeto e inquietud. Parte de la cristiandad veía en ellos la encarnación del ideal cruzado. Otra, una congregación religiosa más. También había en Europa quien recelaba del Temple por el rigor excesivo de algunos de sus miembros. Y los musulmanes los catalogaban como extremistas peligrosos. Esta imagen de radicalismo ascético o fanático –según quisiera entenderse– fue patente en la lucha y en otros ámbitos, pero ha arrinconado facetas de los templarios igualmente características.

Para empezar, la orden no estaba formada únicamente por guerreros: en sus encomiendas había clérigos, trabajadores manuales y algunas mujeres. Tampoco se hallaba establecida solo en el frente palestino o en otros fronterizos con el islam, como la península ibérica: fue muy activa en las actuales Francia y Gran Bretaña, donde se dedicaba a labores ajenas a la guerra, desde la manufactura de artesanías hasta la gestión bancaria. Sobre esta última, o las riquezas fabulosas que le atribuye la leyenda, la congregación se preció de mantener intachable su voto de pobreza, entendida esta como la carencia de bienes personales, pese a llegar a administrar el tesoro de la Corona gala o a financiar al papa.

El final sangriento de la cúpula de la fraternidad, que ocurrió a comienzos del siglo XIV en Chipre y París, ha contribuido enormemente a desvirtuar el recuerdo de la orden. El gran maestre, Jacques de Molay, y el resto de los dirigentes perdieron la vida, pero la inmensa mayoría de los hermanos se reintegró en la sociedad de manera tan anónima como tranquila.

Los templarios, en definitiva, resultan llamativos por particularidades como su innovador perfil de institución mixta –la primera a medio camino entre lo militar y lo religioso–, o por haber surgido y desaparecido durante las cruzadas –a diferencia de los hospitalarios o los teutónicos, que las superaron–. Sin embargo, solo constituyeron un elemento más en el mosaico de su época. Un colectivo curioso, sin duda, pero totalmente integrado en el contexto histórico que propició su emergencia, auge y declive. Mal que le pese a la literatura tan imaginativa que circula sobre estos grandes desconocidos.

Una cofradía original

La orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Jerusalén, con posterioridad llamada simplemente del Temple o de los templarios, nació en la Ciudad Santa hacia 1119. Pudo haber sido unos años antes, alrededor de 1114. Aunque se ignora la fecha exacta, hay testimonios de que la cofradía se hallaba plenamente activa nada más comenzar la tercera década del siglo XII.

El propósito de su creación obedeció a una situación bélica. Tras el triunfo en la toma de Jerusalén por parte de los cruzados, la mayoría de estos regresó a Europa. La desprotección de los Santos Lugares recobrados impulsó a un puñado de caballeros del condado de Champagne, liderados por Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer, a ofrecerse para escoltar con armas a los peregrinos que se aventuraran por aquellos escenarios, en pie de guerra constante.

Aquellos paladines no debían de ser más de nueve, pero las autoridades temporal y espiritual de la región –el rey Balduino II y el patriarca de Jerusalén, respectivamente– aceptaron de buen grado su asistencia. Por otra parte, para sacralizar su cometido, los caballeros habían realizado votos de obediencia, castidad y pobreza, de modo que el monarca y el prelado se aprestaron a brindarles cobijo. Otorgaron en custodia a los caballeros un edificio localizado en el Templo del Señor, o de Salomón, que era como los francos identificaban, erróneamente, a la Cúpula de la Roca, islámica. La denominación de la cofradía se originó en esta confusión acerca del Templo, o Temple.

Más importante aún en términos institucionales, los votos monásticos de Hugo de Payns y sus pares plantearon un dilema moral a la Iglesia. Esta debía dirimir si era realmente cristiano dedicarse profesionalmente a la lucha en nombre de la cruz, si el papel de combatiente podía ser un medio lícito de salvar el alma, si la armadura del soldado y el hábito del religioso eran equiparables. Pese a la oposición de algunos sectores del clero, un concilio celebrado en Troyes, Champagne, una década más tarde de la fundación de la fraternidad determinó que la guerra santa era compatible con el credo cristiano siempre que se llevase a cabo en un marco debidamente bendecido, como en el caso de las cruzadas.

La primera orden militar

El principal abogado de esta postura durante la reunión fue toda una figura intelectual de la Edad Media: Bernardo de Claraval, reformador de la orden cisterciense a partir de la benedictina y que en el futuro sería considerado doctor de la Iglesia y santo. Gracias en buena medida a su intervención se aprobó la existencia de la nueva cofradía templaria y se confirmó su regla, basada a su vez en la del Cister. Bernardo, abad de Cîteaux, también contribuyó enormemente a la promoción de la flamante congregación en los círculos eclesiásticos al redactar el Nuevo elogio de la milicia templaria, una encendida apología de la orden.

Pero un asunto de semejante envergadura requería la legitimación papal. De ello se ocupó un decenio después del concilio la bula Omne Datum Optimum, expedida por Inocencio II. El documento pontificio convirtió al Temple en la primera orden militar de la Iglesia. Dentro de los privilegios excepcionales conferidos a la institución, a la que no tardarían en seguir otras, se la eximió de cualquier sumisión al clero secular, o sea, a la cadena jerárquica acostumbrada, para subordinarla directamente al Santo Padre.

Para ese entonces, mediados del siglo XII, la cofradía había crecido de manera notable. Desde la autorización oficial empezaron a ingresar en sus filas cientos de caballeros. Y otro cambio había tenido lugar: su misión, a estas alturas, no consistía únicamente en proteger a los peregrinos de Tierra Santa. A esta función netamente asistencial, de vigilancia, se había añadido otra de índole política: la defensa de los Estados Latinos de Oriente contra la presión musulmana. La ayuda templaria en dicho sentido sería muy apreciada por los príncipes cristianos en la región. No era de extrañar.

Matar o morir

Los hermanos guerreros estaban entrenados para matar y para morir. Jamás rehuían el combate. Al contrario, se internaban frontalmente en el corazón de la batalla. Su caballería destacaba en especial. Formada por jinetes preparados a conciencia, bregaba unida, en arremetidas tan compactas como contundentes, sin que sus componentes buscaran el honor personal. La destreza en la maniobra, el arrojo en la carga y la precisión en el golpe hicieron de los templarios los héroes de las cruzadas en acontecimientos como la batalla de Montgisard en 1177 o un asedio de Damieta en 1219, cuya suerte revirtieron a punta de habilidad y coraje.

Prueba de ese coraje darían los ochenta miembros de la orden hechos prisioneros tras otro enfrentamiento, el de Safeto. Sin deserciones, como un solo hombre, prefirieron ser pasados por las armas a renegar de su fe. Los grandes maestres sirvieron de ejemplo en este sentido. De los 21 que hubo en la historia de la congregación, 13 perdieron la vida en la liza.

Comprensiblemente, adversarios como estos preocupaban en gran modo a los musulmanes, al tiempo que les infundían un profundo respeto. Irreductibles, los templarios ni daban ni esperaban tregua en la pelea. No eran personajes importantes como individuos. Luchaban a sabiendas de que, en caso de ser capturados, ni su fraternidad ni nadie del bando cristiano iba a pagar un rescate, y eran conscientes de que probablemente acabarían degollados en el primer recuento de prisioneros. Aceptaban esta perspectiva con serenidad.

Eran gente tan aguerrida como devota. Pese a la fama que se ha achacado a la orden con posterioridad, repleta de complicadas fantasías esotéricas, abrazaba un credo muy sencillo, en la tónica del hombre estándar medieval. Dios lo abarcaba todo y reinaba sobre la Creación encarnado en la figura de Cristo. Este era acompañado en su mandato por la Virgen María que, como patrona y señora del Temple, amparaba a sus caballeros y esperaba de ellos los mejores esfuerzos, a la manera de una soberana de la época. No sorprende con tales ideas que el mayor anhelo de los templarios consistiera en morir en batalla como mártires, defendiendo a la cristiandad de sus malvados enemigos. El Cielo los premiaría con la vida eterna.

Es importante especificar en este punto que los templarios no eran monjes guerreros, sino lo opuesto: eran caballeros religiosos. Únicamente los hermanos capellanes se ordenaban sacerdotes, con objeto de celebrar los oficios litúrgicos para los demás. Pero los miembros combatientes de la orden, aunque devotos, permanecían laicos para poder batallar –literalmente como soldados de Cristo– sin contravenir ni el espíritu ni la letra de las leyes eclesiásticas. Es cierto que todos los hermanos del Temple tomaban los tres votos monásticos: obediencia (al superior de la orden), castidad (carencia de relaciones sexuales) y pobreza (ausencia de bienes personales). También que, además, seguían la regla y vestían hábitos religiosos. Sin embargo, al contrario que los monjes, ni vivían enclaustrados ni orando. Su vida no era contemplativa, sino activa. Su guerra interna, o espiritual, estaba al servicio de otra externa, o física, a favor de la cristiandad.

Los miembros del Temple

Los templarios más recordados son los caballeros y los sargentos de armas, por su destacada participación bélica en las zonas de frontera. Sobre todo en Tierra Santa, donde la orden llegó a desplegar un ejército de unos 600 hombres montados, entre 1.000 y 1.500 sargentos y un número indeterminado pero abundante de mercenarios turcópolos. En esta región, la cofradía levantó una veintena de fortalezas, algunas tan imponentes como Chastel Blanc o como el castillo Pélerin, para mantener a raya las fuerzas musulmanas sin necesidad de grandes dotaciones, dada la eterna escasez de púlanos en Siria y Palestina.

También la Península Ibérica de la Reconquista, en su carácter de frontera occidental con el mundo musulmán, contó con templarios. Se distinguieron los de las Coronas de Aragón, Portugal, Castilla y León. Los templarios de Aragón, honrados por Alfonso I el Batallador como sus herederos –una curiosa disposición que se llevó a la práctica solo parcialmente–, respaldaron a Jaime I el Conquistador en la ocupación de Mallorca y Valencia, entre otros hechos destacables. En cuanto a Castilla y León, allí regentaron propiedades en Coria, Benavente o Ponferrada, hasta treinta encomiendas, además de sobresalir en acciones como la toma de Cuenca o la batalla de las Navas de Tolosa.

Los guerreros del Temple descollaron en estos focos de conflicto, el de Oriente Próximo y el peninsular. Sin embargo, tras ellos, apoyándoles espiritual y materialmente, había otras dos clases de hermanos: los clérigos, o capellanes, que oficiaban los servicios sagrados; y los llamados hermanos de oficios, de agricultores, panaderos y artesanos a boticarios, comerciantes y tesoreros, que se ocupaban del sustento y la financiación de cada establecimiento de la congregación. También podía encontrarse en las casas de la orden –principalmente en las áreas pacificadas– personal asociado, pero no miembro, del Temple. En este apartado se inscribían los donadores, que entregaban dinero, bienes o tierras a los hermanos a cambio de contraprestaciones piadosas o tangibles.

El “convento”, o conjunto de gentes vinculadas a una encomienda templaria, incorporaba en algunos casos a mujeres. Fue el caso de doña Ermengarda d’Oluja, nada menos que comendadora, o directora, de la finca de Rourell, en Cataluña, en 1198, como atestigua el documento de transferencia de una parcela a su nombre. O de criadas como la sierva Marta, cedida en 1221 a la orden instalada en Meldens, Champagne, para ocuparse de lavar la ropa y otras tareas domésticas.

La encomienda

El Temple, en efecto, era una vasta organización supranacional cuyas ramificaciones excedían con mucho el aspecto meramente militar. Su fin último a lo largo de su existencia fue proteger en las fronteras musulmanas la integridad de los peregrinos y dominios cristianos. Al frente de la cofradía se hallaba el gran maestre, básicamente un jefe castrense, y la mano derecha de este era otro responsable militar, el mariscal. No obstante, difícilmente hubieran podido cumplir su labor en la vanguardia el estado mayor y los hermanos caballeros sin los aportes constantes, y contantes y sonantes, de la retaguardia en Europa.

Durante los casi dos siglos que perduró la orden, entre el XII y el XIV, el continente solventó los gastos del cuartel general en Oriente a través de una amplia red de encomiendas. Eran una combinación de centro religioso, agropecuario, de recaudación y de reclutamiento. Estas villas, urbanas o rurales, constaban de sala capitular, almacén y bodega, y a veces de capilla, cuartel, granero o caballerizas. Pero, a diferencia de los sólidos castillos palestinos y españoles, las encomiendas solían ser muy pequeñas y carecer de murallas. Al fin y al cabo, los fondos reunidos no se invertían en Europa, sino en la permanente contienda de Tierra Santa. La excepción en este sentido la constituían los asentamientos ubicados en regiones donde proliferaban los merodeadores por falta de vigilancia oficial. Así ocurría en las encomiendas de Irlanda y el sur de Francia, fortificadas. O allí donde el Temple cumplía un papel político de envergadura, como en París, ciudad en la que la orden desempeñaba funciones de tesorera de la Corona francesa con sede en un castillo.

Una vez recogidos en las encomiendas los recursos necesarios, se hacían llegar a los capítulos regionales. Estos los derivaban a los provinciales, que a su vez los fletaban hacia los frentes de combate. Por lo general, estos envíos se realizaban a través de puertos mediterráneos como Barcelona, Marsella, Génova, Bari o Messina, y a bordo de barcos propios –escasos– o alquilados –la mayoría–.

La imagen de los caballeros

Aunque en la actualidad se tienda a identificar a los templarios con cruzados combativos y misteriosos, lo cierto es que en sus tiempos, al menos en Europa, se los veía como a miembros de una orden religiosa cualquiera. Se sabía que luchaban por la cristiandad en los Santos Lugares, pero la imagen cotidiana que se tenía de ellos estaba más bien representada por las pequeñas casas y encomiendas y las actividades económicas que se desarrollaban en ellas. Intercambiaban productos y servicios con los señoríos rústicos, prestaban dinero –sin usura– a nobles, caballeros, escuderos y mercaderes e incluso velaban por los erarios de los reyes y del papa. Se bromeaba con que a un templario le interesaba más el oro que la carne. En realidad, los hermanos buscaban capital líquido porque era portátil, fácil de trasladar a Oriente para impulsar sus campañas bélicas.

El caso es que la congregación estuvo integrada plenamente en la sociedad hasta la súbita marginación a que la sometió a principios del siglo XIV el proceso judicial emprendido por Felipe IV de Francia y el papa Clemente V. Tan popular fue la institución del Temple hasta ese entonces, que cuando un profano no sabía reconocer por su hábito al caballero de una orden militar, lo llamaba templario aunque fuera un hospitalario o un teutónico. Los más suspicaces podían llegar a considerarlos codiciosos, pero, desde luego, a nadie se le ocurrió tacharles de herejes. 

Este artículo se publicó en el número 461 de la revista Historia y Vida.

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