1118-2018: 900º aniversario de la creación de la Orden del Temple.

abr 12th, 2018 | By | Category: Orden del Temple, Portada

Fueron 9 caballeros franceses que habían seguido a Godofredo de Bouillón a la conquista de Tierra Santa, los primeros soldados del Temple. Se atribuye tradicionalmente la fundación de la Orden a dos de ellos, Hugo de Payns principalmente y a Godofredo de Saint-Omer. Hacia 1.118 se unen en Jerusalén para consagrarse al servicio de Dios, a modo de canónigos regulares, siguiendo la regla de San Agustín y haciendo ante el Patriarca Garmond los tres votos ordinarios (obediencia, pobreza y castidad), añadiendo posteriormente un cuarto voto: defender y preservar los Santos Lugares, así como proteger a los peregrinos.

Balduino II de Jerusalén cediendo el Templo de Salomón a Huge de Payns, Guillaume de Tyr.

Balduino II de Jerusalén cediendo el Templo de Salomón a Huge de Payns, Guillaume de Tyr.

VoxTempli – 120418.- Es cierto que los propios investigadores de la historia del Temple no se ponen de acuerdo a la hora de fechar el nacimiento de la Orden, unos lo fechan en 1118 coincidiendo con la coronación de Balduino II, 14 de abril de 1118, y la presentación ante este de los nueve caballeros, ofreciéndose para proteger a los peregrinos que vinieran a tierra santa; otros en 1119 ya que toman como referencia el viaje de Hugo de Payns a Europa.

La mayoría creen que la fecha de su creación debería coincidir con el momento en que se decide oficializar su creación, la presentación de los nueve caballeros al rey de Jerusalen, verdadera expresión de la voluntad de creación de esta Orden.

Siendo así este año 2018 estaríamos en el 900º aniversario de la creación de la Orden del Temple por nueve caballeros francos que habían seguido a Godofredo de Bouillón a la conquista de Tierra Santa y que se convertiría en los primeros soldados del Temple. Se atribuye tradicionalmente la fundación de la Orden a dos de ellos, Hugo de Payns principalmente y a Godofredo de Saint-Omer.

Año del señor de 1118. Los cruzados occidentales gobiernan Jerusalén bajo el mandato del Rey Balduino II. Es primavera y nueve caballeros, con Hugo de Payns a la cabeza, y a similitud de los ya existentes “Caballeros del Santo Sepulcro”, fundan una nueva orden de caballería, con el beneplácito del rey de la ciudad. Han nacido los Templarios.

El primer Maestre (que no Gran Maestre, como se repite a menudo erróneamente) Hugo de Payns, nació en un noble caserío cercano a Troyes hacia el año 1080. Con una sólida educación cristiana y un hábil manejo de las armas, sintió desde muy joven la misma vocación de monje que de soldado.

Probablemente se alistó en la Primera Cruzada antes de haber cumplido los veinte años, enrolado quizá entre las tropas del conde Hugo de Vermandois, hermano de Felipe I, Rey de Francia. Es durante dicha cruzada de desbordante fe, cuanto el joven Hugo se da cuenta de que es posible aunar sus dos vocaciones con la creación de una nueva orden religioso-militar, la primera de estas características, destinada al servicio en Tierra Santa. En medio de aquel ejército cristiano, no tardó en encontrar otros ocho compañeros que participaran de su ideal y concepción de la vida.

Es significativo señalar la donación por el Rey Balduino II de Jerusalén como sede para la nueva orden, y de ahí su denominación, de la mezquita blanca de al-Aqsa, del Monte del Templo. Indicar que en la época se identificaba dicha mezquita como el emplazamiento exacto del Templo de Salomón (hoy se sabe que era mucho mayor, y que la mezquita ocupa solamente el atrio de dicho templo), y por ello no es fácilmente explicable como a una recién fundada “policía de caminos”, tal era la función principal de los templarios en sus comienzos, se donase semejante emplazamiento, donde cabían sobradamente varios millares de caballeros, teniendo en cuenta que solo eran nueve hombres.

Un hecho que también contiene una cierta dosis de misterio, es que estos primeros caballeros no admitieron a nadie más en la recién creada orden, durante los nueve primeros años de existencia, lo que ha dado lugar a toda clase de falsan elucubraciones en los últimos tiempos.

Así pues parece ser que durante los primeros nueve años, los Caballeros del Temple no hacen otra cosa que proteger a los peregrinos, sobre todo en el peligroso camino del puerto de Jaffa a las murallas de Jerusalem. Sin embargo, a pesar de su valor y abnegado servicio, no consta que participaran en las campañas de los reyes del nuevo reino cristiano desde el fin de la Primera Cruzada. ¿Qué pasó en ese tiempo? Nadie lo sabe.

Un siglo más tarde, el historiador Jacques de Vitry, describe de esta extraordinaria manera lo que fue el origen del Temple:

“Ciertos caballeros, amados por Dios y consagrados a su servicio, renunciaron al mundo y se consagraron a Cristo. Mediante votos solemnes pronunciados ante el Patriarca de Jerusalén, se comprometieron a defender a los peregrinos contra los grupos de bandoleros, a proteger los caminos y servir como caballería al soberano rey. Observaron la pobreza, la castidad y la obediencia según la regla de los canónigos regulares. Sus jefes eran dos hombres venerables, Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. Al principio no había más que nueve que tomasen tan santa decisión, y durante nueve años sirvieron en hábitos seculares y se vistieron con las limosnas que les daban los fieles.”

En 1127, el Maestre Hugo de Payns, una vez obtenida la aprobación de los templarios por el Patriarca de Jerusalem, preparó un viaje a Roma con el fin de obtener una definitiva aprobación pontificia, y que de ese modo el Temple se convirtiera en Orden militar de pleno derecho. Balduino II, regente de Jerusalén, escribió al entonces Abad de Claraval, Bernardo, para que favoreciese al primer Maestre de la Orden ante la Iglesia.

San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval, uno de los iniciadores de la Orden monacal del Císter en Francia, era a sus veinticinco años una personalidad espiritualmente arrolladora, activísimo trabajador, que funda numerosos monasterios, escribe a reyes, papas, obispos y monjes, redacta tratados de teología, está siempre en oración y batallando a los enemigos de la fe romana. Tenía además, dos pariente próximos entre los nueve fundadores del Temple (Hugo de Payns y Andrés de Montbard, que era su tío), por lo que parece probable que tuviese ya noticias de la fundación de la nueva agrupación de monjes-soldados. Así pues, como esta nueva Orden colmaba su propia idea de sacralización de la milicia, recibió con todo entusiasmo la carta del rey Balduino y se convirtió en el principal valedor del Temple.

Por el momento, los templarios habían recibido de los canónigos del Santo Sepulcro la misma Regla de San Agustín que ellos profesaban, pero el abad de Claraval deseaba algo más próximo y original para sus nuevos protegidos. Lo primero que hizo fue gestionar a favor de su pariente Hugo de Payns y los cuatro templarios que le acompañaban, una acogida positiva y cordial por parte del Papa Honorio II, a quien los fundadores del Temple estaban a punto de visitar en Roma. De acuerdo con la propuesta de Bernardo, en la primavera de 1229, se celebró un concilio extraordinario en Troyes, con nutrida asistencia de prelados franceses y de territorios próximos: dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos, todo ello bajo la presidencia de un legado papal, el cardenal Mateo de Albano.

El hábil abad Bernardo, que de una manera u otra estaba vinculado a la mayoría de los asistentes, expuso los principios y primeros servicios de la Orden, y luego supo responder con prontitud a todas las preguntas que le fueron formuladas. El Concilio de Troyes, tras varias semanas de interrogatorios y deliberaciones, aprobó a la Orden del Temple con entusiasmo, como una especie de institucionalización de la Cruzada. De esta manera quedó establecida “oficialmente” la Orden del Temple. El concilio pidió a los nobles y a los príncipes que ayudasen a la nueva fundación y encargó a Bernardo de Claraval que redactase para una Regla original para los Templarios.

La decisión de San Bernardo fue la de adaptar al Temple la dura Regla del Cister, con arreglo a la cual la Orden militar organizó su vida monacal. Los Templarios, en cuanto monjes en sentido pleno, debían pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de contribuir a la conquista y conservación de Tierra Santa, para lo cual, si fuera necesario, darían gustosos la vida.

Fantasía y realidad

Las órdenes militares representaban las “unidades especiales” de la presencia cristiana en Oriente. Mientras los efectivos al mando de príncipes luchaban en las cruzadas por compromiso, por prestigio, por la paga y en algunos casos por la fe, los caballeros del Hospital y del Temple se batían exclusivamente por esta última, o eso se esperaba de ellos. Como rezaba la divisa templaria: “Nada para nosotros, Señor, nada sino dar gloria a Tu nombre”.

Estas altas aspiraciones implicaban un desinterés por la propia vida. Los templarios eran considerados por sus contemporáneos con una mezcla de admiración, respeto e inquietud. Parte de la cristiandad veía en ellos la encarnación del ideal cruzado. Otra, una congregación religiosa más. También había en Europa quien recelaba del Temple por el rigor excesivo de algunos de sus miembros. Y los musulmanes los catalogaban como sus peores enemigos. Esta imagen de radicalismo ascético o fanático –según quisiera entenderse– fue patente en la lucha y en otros ámbitos, pero ha arrinconado facetas de los templarios igualmente características.

Para empezar, la orden no estaba formada únicamente por guerreros: en sus encomiendas había clérigos, trabajadores manuales y algunas mujeres. Tampoco se hallaba establecida solo en el frente palestino o en otros fronterizos con el islam, como la península ibérica: fue muy activa en las actuales Francia y Gran Bretaña, donde se dedicaba a labores ajenas a la guerra, desde la manufactura de artesanías hasta la gestión bancaria. Sobre esta última, o las riquezas fabulosas que le atribuye la leyenda, la congregación se preció de mantener intachable su voto de pobreza, entendida esta como la carencia de bienes personales, pese a llegar a administrar el tesoro de la Corona gala o a financiar al papa.

El final sangriento de la cúpula de la fraternidad, que ocurrió a comienzos del siglo XIV en Chipre y París, ha contribuido enormemente a desvirtuar el recuerdo de la orden. El gran maestre, Jacques de Molay, y el resto de los dirigentes perdieron la vida, pero la inmensa mayoría de los hermanos se reintegró en la sociedad de manera tan anónima como tranquila.

Los templarios, en definitiva, resultan llamativos por particularidades como su innovador perfil de institución mixta –la primera a medio camino entre lo militar y lo religioso–, o por haber surgido y desaparecido durante las cruzadas –a diferencia de los hospitalarios o los teutónicos, que las superaron–. Sin embargo, solo constituyeron un elemento más en el mosaico de su época. Un colectivo curioso, sin duda, pero totalmente integrado en el contexto histórico que propició su emergencia, auge y declive. Mal que le pese a la literatura tan imaginativa que circula sobre estos grandes desconocidos.

La imagen de los caballeros

Aunque en la actualidad se tienda a identificar a los templarios con cruzados combativos y misteriosos, lo cierto es que en sus tiempos, al menos en Europa, se los veía como a miembros de una orden religiosa cualquiera. Se sabía que luchaban por la cristiandad en los Santos Lugares, pero la imagen cotidiana que se tenía de ellos estaba más bien representada por las pequeñas casas y encomiendas y las actividades económicas que se desarrollaban en ellas. Intercambiaban productos y servicios con los señoríos rústicos, prestaban dinero –sin usura– a nobles, caballeros, escuderos y mercaderes e incluso velaban por los erarios de los reyes y del papa. Se bromeaba con que a un templario le interesaba más el oro que la carne. En realidad, los hermanos buscaban capital líquido porque era portátil, fácil de trasladar a Oriente para impulsar las Cruzadas y sostener los reinos latinos.

El caso es que la congregación estuvo integrada plenamente en la sociedad hasta la súbita marginación a que la sometió a principios del siglo XIV el proceso judicial emprendido por Felipe IV de Francia y el papa Clemente V. Tan popular fue la institución del Temple hasta ese entonces, que cuando un profano no sabía reconocer por su hábito al caballero de una orden militar, lo llamaba templario aunque fuera un hospitalario o un teutónico. Los más suspicaces podían llegar a considerarlos codiciosos, pero, desde luego, a nadie se le ocurrió tacharles de herejes.

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