Hoy día de San Bernardo de Claraval, recordamos al mentor del Temple.

ago 20th, 2018 | By | Category: Iglesia Católica, Portada
  • Abad, fundador y Doctor de la Iglesia. El cazador de almas y vocaciones, último de los Padres, excelso propagador del culto a María.
  • San Bernardo de Claraval (Bernard de Clairvaux), impulsor y propagador de la Orden Cisterciense, valedor y protector del Temple y el hombre más importante del siglo XII en Europa.
  • “San Bernardo superó las objeciones a los monjes guerreros con un modelo de caballero cristiano”, afirma Fray Santiago Cantera, prior del Valle de los Caídos, en su libro San Bernardo: El medioevo en su plenitud.

san_bernardo_de_claravalVoxTempli – 200818.-  San Bernardo de Claraval, Bernard de Fontaine, abad de Clairvaux (1090, Castillo de Fontaine, Dijon – 20 de agosto de 1153, Abadía de Clairvaux) es un monje y un reformador francés. Fue canonizado por la Iglesia Católica en 1174 convirtiéndose desde ese momento en San Bernardo.

El nombre Bernardo deriva de “ber” (pozo, fuente) y de nardo, nombre de una planta que según la glosa del cantar de los cantares es humilde, cálida por naturaleza y muy aromática. San Bernardo fue también cálido por su fervorosa caridad, humilde en su conducta, fuente de doctrina, pozo de profunda ciencia y aromático por su excelente reputación extendida cual suave perfume por todas partes.

Guillermo, compañero suyo y abad de san Teodorico, y Hernaldo, abad de Valbuena, escribieron su vida. Cuentan que era confesor y doctor de la Iglesia, nacido en 1.090 en el castillo de Fontaines, en la Borgoña, y que murió en Claraval el 21 de agosto de 1.153.

Nacido dentro de una gran familia noble de Borgoña, Bernardo es el tercero de los siete hijos de Tescelin le Roux y de Aleth de Montbard. A la edad de nueve años, le mandan a la Escuela canónica de Châtillon-sur-Seine, donde muestra un gusto particular por la literatura. En 1112, entra en la abadía de Cîteaux, fundada en 1098 por Robert de Molesme, donde Étienne Harding acaba justo de ser elegido su abad.

Los comienzos en el Cister.

Después de la muerte de su madre, abandonó la casa paterna en 1.113 para entrar en la abadía del Cister (Citeaux) junto con treinta jóvenes de la nobleza de Borgoña.

En 1115, Étienne Harding envía al joven Bernardo a la cabeza de un grupo de monjes para fundar una nueva casa cisterciense en el Valle de Langres. La nueva congregación recibe el nombre de Claire Vallée ” valle claro “, que luego se convierte en “Clairvaux”. Bernardo es elegido abad de esta nueva Abadía de Clairvaux, y confirmado por Guillermo de Champeaux, obispo de Châlons y célebre teólogo. Fue abad por espacio de cuarenta años hasta su muerte; rodeó a la nueva casa con su rigurosa observancia y atrajo gran número de personas deseosas de santidad, entre ellas a su mismo padre y a cinco de sus hermanos. Ocupando este cargo desplegó una inaudita actividad bajo múltiples aspectos.

Los comienzos de Clairvaux son difíciles: la disciplina impuesta por Bernardo es muy severa. Bernardo sigue con sus estudios sobre las Santas Escrituras y sobre los Padres de la Iglesia. Tiene una predilección casi exclusiva por el Cántico de Salomón y por San Agustín. Este autor y este libro corresponden a las tendencias de la época.

Basílica en la casa natal de San Bernardo.

La gente afluye en nueva abadía y Bernardo llega a convertir a toda su familia: su padre, Tescelin, y sus cinco hermanos entran en Clairvaux como monjes. Su hermana, Ombeline, también los hábitos de Jully. Desde 1118 nuevas casas deben ser fundadas para evitar el estancamiento de Clairvaux (Abadía de Nuestra Señora de Fontenay). En 1119 Bernardo forma parte del capítulo general de los cistercienses convocado por Étienne Harding, que da su forma definitiva a la orden. La ” Carta de Caridad ” que es redactada allí poco después es confirmada por el Papa Calixto II.

Con la llegada de San Bernardo en el 1.112 se inicia un proceso de rápida expansión e influencia del Cister, siendo, sin lugar a dudas, el. S. XII la gran época de los monjes blancos.

Es en aquella época Bernardo escribe sus primeras obras, tratados y homilías, y sobre todo una Apología, escrita a petición de Guillermo de Saint-Thierry, que defiende a los benedictinos blancos (cistercienses) contra los benedictinos negros (clunisienses). Pierre le Vénérable, abad de Cluny, le responde amistosamente y a pesar de sus desacuerdos ideológicos ambos hombres traban amistad. También envía numerosas cartas para incitar a la reforma el resto del clero, en particular los obispos. Su carta al arzobispo de Sens, Henri de Boisrogues, llamada más tarde De Officiis Episcoporum (Sobre la conducta de los obispos) es reveladora del papel importante jugado por los monjes en el siglo XII, y por tensiones entra clero regular y secular.

Su personalidad.

Bernardo tenía un extraordinario carisma de atraer a todos para Cristo.

Amable, simpático, inteligente, bondadoso y alegre, incluso muy apuesto, pues sabemos que su hermana Humbelina le llamaba cariñosamente con el apelativo de “ojos grandes”. Durante algún tiempo se enfrió en su fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano. Pero las amistades mundanas, por más atractivas y brillantes que fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío. Después de cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y de sus placeres.

La visión que cambió su trayectoria.

Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado. Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra, Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y pidió ser admitido. El superior, San Esteban Harding lo aceptó con gran alegría.

Su amor a la Virgen Santísima.

Fue el gran enamorado de la Virgen Santísima. Se adelantó en su tiempo a considerarla medianera de todas las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo Nuestro Señor. A San Bernardo se le deben las últimas palabras de la Salve: “Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María”, así como la bellísima oración del “Acordaos”.  Tal era su Amor a la Virgen que teniendo costumbre de saludarla siempre que pasaba ante una imagen de ella con las palabras “Dios te Salve María”, la imagen un día le contestó “Dios te salve, hijo mío Bernardo”.

Le llamaban “El Doctor boca de miel” (doctor melifluo). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a pronunciar, y luego como sus palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes. Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso fortísimo a volverse mejor.

La importancia de San Bernardo en su época.

San Bernardo es la principal figura religiosa y eclesiástica del s. XII, árbitro de los principales conflictos doctrinales y seculares de su tiempo, era un hombre de acción, que viajaba sin cesar por Europa, combatiendo desviaciones heréticas, no cesó de denunciar los abusos eclesiásticos y predicó la segunda cruzada. También fue un reformador, crítico y fundador de órdenes religiosas, defensor del papado, profundo pensador, teólogo, y escritor; dejó 350 sermones, más de 500 cartas y una serie de opúsculos. Mientras hacía todo esto, gobernaba al mismo tiempo, su abadía de 700 hombres.

En teología, San Bernardo señala tres grados en el camino hacia dios: la vida práctica, la vida contemplativa y el éxtasis.

San Bernardo tuvo amistades reconocidas como la del cisterciense inglés San Esteban Harding y la del cisterciense irlandés San Malaquías quien murió en sus brazos en Claraval el 2 de noviembre de 1.148. “dos cosas hacen un santo de Malaquías, escribió San Bernardo en su “Malachie Vita”, una perfecta dulzura y una fe viva”.

San Bernardo defendiendo la II Cruzada.

San Bernardo se convierte en una personalidad importante y escuchada en la cristiandad, interviene en los asuntos públicos, defiende los derechos de la Iglesia contra los príncipes temporales y aconseja a los papas. En 1130, después de la muerte de Honorio II en el momento del cisma de Anaclet, es su opinión lo que hace aceptar a Inocencio II. En 1132 hace que el Papa acepte la independencia de Clairvaux enfrente de Cluny.

Es en este período de desarrollo de las escuelas urbanas, donde los nuevos problemas teológicos son discutidos en forma de preguntas (quaestio), en forma de argumentación y en forma de búsqueda de conclusión (disputatio), San Bernardo es partidario de una línea tradicionalista. Combate las posiciones de Abélard, desde un punto de vista teológico, y hace que le condenen en el Concilio de Sens en 1140.

En 1145 Clairvaux da un Papa a la Iglesia, Eugenio III, a petición de éste, Bernardo difunde la Segunda cruzada a Vézelay el 31 de marzo de 1146 y en Spire. Lo hace con tal éxito que el joven Rey Luis VII y el Emperador Conrado III toman la cruz.

En el concilio de Reims en 1148 lleva una acusación de herejía contra Gilbert de la Porrée, obispo de Poitiers. Obtiene una mínima victoria, pero su adversario conserva su obispado y toda su consideración. En su defensa a ultranza por la ortodoxia, combate también las tesis de Pierre de Bruys, de Arnaud de Brescia, pero se opuso a los excesos del monje Raoul, que quería que se masacrara a todos los judíos.

En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande para llevar gentes a la vida religiosa, como el que recibió Bernardo. Las muchachas tenían terror de que su novio hablara con el santo. En las universidades, en los pueblos, en los campos, los jóvenes al oírle hablar de las excelencias y ventajas espirituales de la vida en un convento, se iban en numerosos grupos a que él los instruyera y los formara como religiosos. Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban “el cazador de almas y vocaciones”. Con su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa.

Viajero infatigable.

El más profundo deseo de San Bernardo era permanecer en su convento dedicado a la oración y a la meditación. Pero el Sumo Pontífice, los obispos, los pueblos y los gobernantes le pedían continuamente que fuera a ayudarles, y él estaba siempre pronto a prestar su ayuda donde quiera que pudiera ser útil. Con una salud sumamente débil (porque los primeros años de religioso se dedicó a hacer demasiadas penitencias y se le dañó el aparato digestivo) recorrió toda Europa poniendo la paz donde había guerras, deteniendo las herejías, corrigiendo errores, animando desanimados y hasta reuniendo ejércitos para defender la santa religión católica. Era el árbitro aceptado por todos. Exclamaba: “A veces no me dejan tiempo durante el día ni siquiera para dedicarme a meditar. Pero estas gentes están tan necesitadas y sienten tanta paz cuando se les habla, que es necesario atenderlas” (ya en las noches pasaría luego sus horas dedicado a la oración y a la meditación).

Sus obras.

Dejó un gran número de escritos: “de Gradibus Superbiae et Humilitatis”, “de Laudibus Mariae”, “Homilías sobre el evangelio Missus Est” (1.120), “apología a Guillermo de Sant Thierry”, sobre la conversión de los clérigos (1.122), “de Laudibus Novae Militiae”, “los Templarios”, cuya regla compuso (1.129), “de Amore Dei”, libro de los preceptos y dispensaciones (1.131), “de Gratia et Libero Arbitrio”, libro de las consideraciones (1.143): este libro fue destinado por el autor al papa Eugenio III, que fue cisterciense, y contiene instrucciones para el gobierno, sobre todo espiritual, de los papas, éstos lo han tenido siempre en gran estima; “de Officis Episcoparum”. Además, muchos sermones, centenares de cartas y otros varios escritos.

Manuscrito con San Bernardo.

Sus bellísimos sermones son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera satisfacción y gran provecho.

Así como también de entre sus numerosísimos libros y textos se halla el de unas reflexiones de gran importancia llamado “La Consideración” leído por varios Papas, entre ellos el Papa Juan XXIII.

A la muerte del gran reformador de Claraval, en 1.153, su orden se había extendido notablemente. El fundó 163 monasterios en Francia, Alemania, Suecia, Inglaterra, Irlanda, España (en 1.133, a petición de Alfonso VII de Castilla, la abadía de Moreruela, y después la Oliva, Fitero, las Huelgas, Veruela, Santa Creus, Poblet), Portugal, Suiza e Italia.

Cuando finaliza la edad media son 742 los cenobios masculinos y pasan de setecientos los correspondientes a monjas. Las nuevas comunidades mantenían una estrecha relación de dependencia con la casa matriz. En todas ellas, unas mismas normas y la vigilancia de los capítulos generales hacia que, prácticamente, no existieran excepciones que rompieran la uniformidad de la orden.

San Bernardo representa una figura de gran relieve en la historia de la edad media. Fue hombre de estudio pero de enérgica acción, que contrastaba con una suavidad y dulzura ilimitadas. Mostró con sus hechos a cuanto puede llegar la actividad humana impulsada por un ideal. Su abnegación, caridad y humildad, llegaron a un alto grado; fue un contemplativo y un místico, y al mismo tiempo un apóstol infatigable.

San Bernardo valedor y protector de la Orden del Temple.

Contribuyó en buena medida a difundir las hazañas de los caballeros templarios hondamente preocupado por la situación de oriente, no se cansaba de apostrofar a los caballeros que preferían la molicie cortesana en Europa a las heroicidades en tierra santa.

Apoyó enérgicamente a Hugues de Payns, fundador de la orden del temple, que había venido de oriente en busca de vocaciones, redactó los estatutos de la orden, y consiguió que el papa Honorio II, a comienzos de 1.128, convocara el concilio de Troyes, que presidiría su legado, el cardenal mateo albano; asistieron al concilio dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos.

La voz que más se escuchó en tan importante asamblea de teólogos y grandes señorías de la Iglesia, fue la del abate Bernardo, secretario del concilio; expuso los principios y primeros servicios de la Orden y, luego, supo responder con prontitud a todas las preguntas, mostrando la habilidad propia de un maestro de hombres. Esto permitió la creación y reconocimiento oficial de la Orden del Temple.

En 1127, el Maestre Hugo de Payns, una vez obtenida la aprobación de los Templarios por el Patriarca de Jerusalén, preparó un viaje a Roma con el fin de obtener una definitiva aprobación pontificia, y que de ese modo el Temple se convirtiera en Orden militar de pleno derecho. Balduino II, regente de Jerusalén, escribió al entonces Abad de Claraval, Bernardo, para que favoreciese al primer Maestre de la Orden ante la Iglesia.

La Orden del Temple una obra de San Bernardo.

San Bernardo de Claraval, uno de los iniciadores de la Orden monacal del Císter en Francia, era a sus veinticinco años una personalidad espiritualmente arrolladora, activísimo trabajador, que funda numerosos monasterios, escribe a reyes, papas, obispos y monjes, redacta tratados de teología, está siempre en oración y batallando a los enemigos de la fe romana. Tenía además, dos pariente próximos entre los nueve fundadores del Temple (Hugo de Payns y Andrés de Montbard, que era su tío), por lo que parece probable que tuviese ya noticias de la fundación de la nueva agrupación de monjes-soldados. Así pues, como esta nueva Orden colmaba su propia idea de sacralización de la milicia, recibió con todo entusiasmo la carta del rey Balduino y se convirtió en el principal valedor del Temple.

Por el momento, los Templarios habían recibido de los canónigos del Santo Sepulcro la misma Regla de San Agustín que ellos profesaban, pero el abad de Claraval deseaba algo más próximo y original para sus nuevos protegidos. Lo primero que hizo fue gestionar a favor de su pariente Hugo de Payns y los cuatro templarios que le acompañaban, una acogida positiva y cordial por parte del Papa Honorio II, a quien los fundadores del Temple estaban a punto de visitar en Roma. De acuerdo con la propuesta de Bernardo, en la primavera de 1228, se celebró un concilio extraordinario en Troyes, con nutrida asistencia de prelados franceses y de territorios próximos: dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos, todo ello bajo la presidencia de un legado papal, el cardenal Mateo de Albano.

El hábil abad Bernardo, que de una manera u otra estaba vinculado a la mayoría de los asistentes, expuso los principios y primeros servicios de la Orden, y luego supo responder con prontitud a todas las preguntas que le fueron formuladas. El Concilio de Troyes, tras varias semanas de interrogatorios y deliberaciones, aprobó a la Orden del Temple con entusiasmo, como una especie de institucionalización de la Cruzada. De esta manera quedó establecida “oficialmente” la Orden del Temple. El concilio pidió a los nobles y a los príncipes que ayudasen a la nueva fundación y encargó a Bernardo de Claraval que redactase para una Regla original para los Templarios.

La decisión de San Bernardo fue la de adaptar al Temple la dura Regla del Cister, con arreglo a la cual la Orden militar organizó su vida monacal. Los Templarios, en cuanto monjes en sentido pleno, debían pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de contribuir a la conquista y conservación de Tierra Santa, para lo cual, si fuera necesario, darían gustosos la vida.

Elogio a la Nueva Milicia del Temple.

Bernardo de Claraval (1090-1153) ha pasado a la posteridad como reformador del monaquismo cristiano y como hombre de extremada piedad y pasmosa sabiduría. Pero también como hábil diplomático y, sobre todo, como organizador y propagandista máximo de una de las Órdenes militares más famosas de Occidente, la Orden del Temple, que prolongó su existencia como tal a lo largo de dos centurias, desde 1118 hasta su controvertida suspensión en 1312.

En su calidad de secretario del Concilio de Troyes (1128), el abad de Claraval redactó la regla de la nueva Orden y luego, entre 1130 y 1136, compuso un sermón exhortatorio, De laude novae militiae ad Milites Templi (titulado Elogio de la nueva milicia templaria en la presente edición), a instancias de Hugo de Payns, primer gran maestre de la Orden y buen amigo suyo, a quien va dedicado el opúsculo. El futuro San Bernardo da a conocer en esta obra sus impresiones personales acerca de la vida del Temple elogiando las claves éticas de unos caballeros templarios que, a fuerza de tesón y de confianza en su cometido, habían conseguido superar la vieja antinomia monje/guerrero y encarnar, como ha escrito René Guénon, “el prototipo de Galaad, el paladín sin mácula, el héroe victorioso en la búsqueda del Grial”.

San Bernardo entrega la Regla al Temple.

Respondiendo a la fascinación que la Orden del Temple sigue ejerciendo en nuestras mentes, este libro incluye el Elogio de la nueva milicia templaria que trazara Bernardo de Claraval hace más de ocho siglos, prologado por Javier Martín Lalanda, y una extensa introducción al mundo templario redactada por Régine Pernoud, la célebre medievalista francesa.

San Bernardo funda hasta 72 monasterios, repartidos por todas partes de Europa: 35 en Francia, 14 en España, 10 en Inglaterra y en Irlanda, 6 en Flandes, 4 en Italia, 4 en Dinamarca, 2 en Suecia, 1 en Hungría.

En 1151, dos años antes de su muerte, hay 500 abadías cistercienses y Clairvaux cuenta a 700 monjes.

Bernardo muere en 1153, a los 63 años.

Canonización.

Canonizado el 18 de junio de 1174 por Alejandro III, Bernardo de Clairvaux ha fue nombrado doctor de la Iglesia por Pío VIII en 1830. San Bernardo de Claraval se celebra el 20 de agosto.

San Bernardo es, cronológicamente, el último de los Padres de la Iglesia, pero es uno de los que más impacto ha tenido en ella.

Después de haber llegado a ser el hombre más famoso de Europa en su tiempo y de haber conseguido varios milagros (como por ejemplo hacer hablar a un mudo, el cual confesó muchos pecados que tenía sin perdonar) y después de haber llenado varios países de monasterios con religiosos fervorosos, ante la petición de sus discípulos para que pidiera a Dios la gracia de seguir viviendo otros años más, exclamaba: “Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca”. Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante, y que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los discípulos fieles, y se lo llevó a su eternidad feliz, el 20 de agosto del año 1153. Tenía 63 años.

San Bernardo superó las objeciones a los monjes guerreros con un modelo de caballero cristiano. Entrevista a Fray Santiago Cantera, prior del Valle de los Caídos por Carmelo López-Arias.

libro_san_bernardoSan Bernardo de Claraval simboliza “el Medievo en su plenitud”, según reza el subtítulo de la biografía. Santiago Cantera, prior de la abadía benedictina del Valle de los Caídos, acaba de publicar “San Bernardo: El medioevo en su plenitud”, una biografía donde descubrimos la extraordinaria importancia de este monje, que nació en 1090 y murió en 1153 y dejó una impronta que ha marcado la espiritualidad de la vida religiosa en la Iglesia durante todo el segundo milenio. Tampoco las órdenes militares ni los orígenes de la filosofía moderna (con su célebre polémica con Abelardo) se entienden sin conocer la vida del santo de Claraval.

-Un hijo de San Benito escribiendo sobre San Bernardo… ¿qué une a ambos santos? -La esencia de la vida monástica es la búsqueda contemplativa de Dios: el quaerere Deum de San Benito, que San Bernardo retoma. Ambos participan del mismo ideal. -¿Por qué perdura a través de tantos siglos? -San Bernardo quiere ser fiel a San Benito, a quien considera su maestro y su padre monástico, a pesar de los siglos que los distancian (San Benito vive en los siglos V y VI y San Bernardo en los siglos XI y XII). San Bernardo es un incansable buscador de Dios y quiere que sus monjes lo sean: para ello, les propone seguir con fidelidad la Regla de San Benito.

-¿Y qué les diferencia? -Lo más notable, su carácter personal. San Benito es un hombre que llama la atención por su serenidad y su equilibrio en todas las situaciones, tanto que imprime como un sello destacado en su Regla la virtud de la discretio: la discreción, la moderación, el saber cómo actuar en cada momento y cómo tratar a cada uno. San Bernardo es un hombre de un carácter más impulsivo, a veces fogoso, pero siempre por un ardor que le consume para bien: el amor de Dios.

-¿Y qué es mejor para un monje? ¿La serenidad o la impulsividad? -No se trata de decir cuál es mejor, sino que son distintos, pues cada uno presenta sus cualidades positivas. En el caso de ambos santos, les lleva en muchas ocasiones a actuar de un modo diverso.

-¿Qué grandes ramas de la vida monástica se basan en San Bernardo? -San Bernardo forma parte de la reforma cisterciense, que es una reforma dentro del mundo benedictino iniciada por San Roberto de Molesme, San Alberico y San Esteban Harding, aquellos que el P. Raymond denominó “los tres monjes rebeldes” y así tituló su famosa novela. San Bernardo participa de esta iniciativa, hecha con el deseo de vivir de un modo más estricto la Regla de San Benito, y se convirtió a su vez en su gran impulsor.

-¿Y hoy día? -Hoy día, los monjes cistercienses se agrupan en dos ramas: la Orden Cisterciense y la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia. La segunda son los conocidos frecuentemente como “trapenses”, a partir del abad francés reformador Dom Rancé en el monasterio de La Trappe en el siglo XVII. Las monjas cistercienses generalmente se agrupan en federaciones y algunas de ellas guardan estrecha vinculación con alguna de estas dos ramas.

-Una cuestión polémica: ¿cómo es que San Bernardo, apodado el Doctor Melifluo, es el inspirador de las órdenes militares? -Varias de las órdenes militares son hijas de San Bernardo en el plano espiritual, porque él redactó un tratado, el Elogio de la nueva milicia, cuando Hugo de Payens encontraba grandes dificultades para lograr la plena aceptación de los caballeros templarios que había fundado con el fin de proteger los Santos Lugares y a los peregrinos que allí acudían. -Y el libro ¿logró su objetivo? -Supuso un espaldarazo para la que iba a ser una de las más grandes órdenes militares y por su apoyo quedó vinculada a la Orden Cisterciense. -Pero no sólo los templarios… -A partir de ahí, también otras órdenes militares se afiliarían al Císter: cabe destacar especialmente los casos de la Orden Teutónica en Alemania y de buena parte de las órdenes militares hispánicas (Calatrava, Alcántara y Avís, y más tarde Montesa).

-¡No se veía mal lo de ser monje y empuñar la espada! -San Bernardo logró superar algunas de las objeciones hechas a la existencia de unos hombres que fueran al mismo tiempo monjes y guerreros. Una y otra actividad se consideraban legítimas, pero su fusión era lo que suscitaba reticencias. -¿Cómo lo logró? -Creó un modelo de caballero cristiano que sintetizara las virtudes monacales y las castrenses, ofreciendo una alternativa a una caballería mundana; dio unos ideales a los guerreros y les propuso superar las tensiones civiles y las luchas por ambición y combatir al que entonces era el mayor peligro común para la Cristiandad: el islam. También lo hizo al predicar la segunda Cruzada.

-¿En qué medida simboliza San Bernardo la Edad Media y la Cristiandad? -Lo hace en cuanto refleja una sociedad que es esencialmente cristiana, una civilización que en un alto porcentaje es hija cultural y espiritual de la Cruz. -Nada que ver con el antropocentrismo actual… -San Bernardo, como monje, es un buscador incansable de Dios, y en todo lo que vive y predica es expresión de la centralidad de Dios en la vida del hombre medieval. -En su libro, usted enlaza ese punto con el enfrentamiento intelectual entre San Bernardo y Pedro Abelardo… -El enfrentamiento con Pedro Abelardo (1079-1142) ha sido frecuentemente muy mal presentado, sobre todo desde posturas liberales y románticas del siglo XIX, cargadas de un fuerte anticlericalismo. En realidad, el choque vino porque San Bernardo, avisado por su amigo el abad Guillermo de Saint-Thierry, descubrió serias desviaciones doctrinales en varias obras y proposiciones de Pedro Abelardo. -Desviaciones, ¿respecto a qué puntos concretos? -Los errores afectaban a puntos dogmáticos tan fundamentales como el misterio de la Santísima Trinidad y además ofrecían un nuevo planteamiento moral de serias repercusiones. El fondo de todo ello nacía esencialmente de la posición de Abelardo en la cuestión filosófica de “los universales”, muy debatida en la época y de gran relevancia en sus consecuencias para el campo de la Metafísica.

-¿Qué consecuencias? -Desde una postura que cabe calificar de “conceptualista”, venía a poner en peligro la posibilidad de la Metafísica (sin ser realmente su intención) y, al aplicar sus conclusiones a la Teología, llegaba ciertamente a afirmaciones que resultaban heréticas.

-Sostiene usted en su libro que en Abelardo está el germen de la filosofía moderna… -Sí, porque, en el terreno de la Ética, se situaba en una posición subjetivista, en lo que se conoce como una “ética de situación”. Estos planteamientos de tipo subjetivista y que conducían al escepticismo y al relativismo (él no lo hizo, pero sí algunos de sus discípulos), aparte ya de lo herético en la Teología, es lo que puede hacer que se le considere como un predecesor de la Modernidad en el campo filosófico, anticipando ciertos planteamientos de Ockham y de otros filósofos posteriores.

-¿Cómo fue el duelo entre San Bernardo y él? -La relación con San Bernardo fue de gran tirantez en determinados momentos. A pesar de su carácter enérgico y muchas veces vehemente, San Bernardo intentó llegar al diálogo pacífico con Abelardo, pero éste se empecinó en tratar de derrotar al abad cisterciense con sus recursos dialécticos. La actitud de Abelardo fue de auténtica soberbia, como más tarde reconocería, y ésa fue su perdición, pues no calculó bien las fuerzas reales. Abelardo mostró un gran desprecio hacia San Bernardo, así como hacia San Norberto, fundador de la Orden Premonstratense y amigo personal del Doctor Melifluo.

-¿Quién triunfó al final? -San Bernardo derrotó a Pedro Abelardo en dos concilios (Soissons y Sens) distanciados entre sí por casi veinte años.

-¿Se reconciliaron? -Finalmente la magna figura del abad cluniacense Pedro el Venerable, hombre santo y de gran discreción, lograría la reconciliación entre ambos y el levantamiento de la excomunión sobre Abelardo. -Pasémonos a nuestros días. ¿Cómo ve la vida monástica en la actualidad un joven prior benedictino? -Como toda la vida religiosa después del Concilio Vaticano II y con los cambios habidos asimismo en la sociedad occidental, la vida monástica ha sufrido también una crisis; quizá más suavemente que en otras formas de vida religiosa consagrada, pero la ha padecido. -Y se manifiesta con los mismos síntomas que en el resto de la vida consagrada, ¿no? -Se ha manifestado en una reducción del número de vocaciones, muchas defecciones, poca estabilidad y con frecuencia un rebajamiento del nivel de exigencia y de observancia. No obstante, a pesar de todo ello, la vida monástica sigue atrayendo a muchos jóvenes y también a personas de más edad, tanto hombres como mujeres, y las vocaciones siguen afluyendo a los monasterios.

-¿Entonces…? -Existe el problema de la baja capacidad general de perseverancia, como reflejo en buena medida de esa “cultura de la provisionalidad” de la que acertadamente ha hablado el Papa al referirse a la vida religiosa y a los matrimonios de hoy.

-¿Sobrevivirá la vida monástica dentro de un siglo? -Un abad benedictino francés, Dom Gérard Calvet, decía hace años que el monacato posee una fuerza misteriosa que le hace revivir continuamente y por eso surgen nuevas reformas cuando amenaza con decaer, reflejando así la vitalidad sobrenatural de la Iglesia. Esa fuerza misteriosa, evidentemente, le viene del Espíritu Santo. -Ofrézcale un argumento a alguien que esté ahora mismo discerniendo su vocación… -Para alguien que hoy esté pensando entrar en un monasterio de cualquiera de las ramas provenientes de la Regla de San Benito, lo que pienso que puede resultar más atractivo de ésta es ante todo la centralidad de Jesucristo en la vida del monje, esa máxima de “no anteponer nada al amor de Cristo” que resume en gran medida todo el espíritu de la Regla.

-¿Puede concretar un poco ese espíritu? -La humanidad del legislador San Benito, que siempre tiene presente la realidad diversa de las personas y por eso todo lo regula con sabiduría y discreción; la vocación a la alabanza divina, de tal forma que el monje realice en la tierra la labor de los ángeles en el Cielo, y su combinación armoniosa con el trabajo humano en el día a día del monje (ora et labora); la búsqueda de la caridad como piedra que fundamenta la vida de la comunidad; etc.

-¿Por qué sigue eso siendo hoy atrayente? -Por la perennidad de los principios y valores espirituales propuestos por San Benito y en general de todo el modelo de vida trazado por él; y no sólo por él, sino también por otros predecesores. ¡Es la Tradición monástica! Algo surgido en el siglo IV, como es la vida monástica, presenta a inicios del siglo XXI una actualidad sorprendente.

-¿Por qué? -Porque el ser humano necesita buscar y encontrar a Dios para ser feliz en esta vida y en la eterna, y eso lo ofrece la vida monástica.

 

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